| La
hija del pintor Rafael Durancamps, mi padre
Ser hija de un gran artista, de un pintor formidable
me ha marcado mucho, me ha permitido disfrutar de una vida llena de maravillosas
vivencias….. pero su recuerdo está en mi siempre confundido con el de mi
madre, mujer de gran carácter, de una profunda fe y de una gran dulzura
y gentileza. Lo compartieron todo a lo largo de sus vidas, ella era el complemento
perfecto de mi padre. Se casaron
en 1912, muy jóvenes y enamorados (19 y 21 años) en Sabadell,
de donde ambos eran hijos. Mi padre había nacido en el seno de una familia
de tradición textil, que siempre desaprobó su vocación por
la pintura. ¡Estaba tan mal visto en aquella época! Pronto
tuvieron un hijo pero la ilusión de iniciar una nueva familia se
truncó, ya que a los 3 meses el niño murió súbitamente.
Fue un golpe muy duro para ellos, pero como siempre pasa cuando el amor es auténtico,
la desgracia les unió más y más. Después de 14 años
nací yo en un momento no muy propicio ya que iniciaba su dura vida de pintor
en París, habiendo roto las cadenas que le ataban a la industria , a la
seguridad familiar y del propio país. Mi
padre fue siempre un ser excepcional, lleno de vida , conversador infatigable,
propagador convencido de sus principios estéticos - siempre decía
que había visto en la pintura una estrella y que la siguió toda
la vida, ayudado por el amor y la fe que tenía en él su esposa María,
mi madre. Era tan grande su vocación,
tan total su entrega al arte, que esta actitud ocupaba todo su ser. Recuerdo cuando
yo era pequeña, disfrutaba enseñándome el mundo, su belleza,
las grandes obras de arte en los museos y en los acontecimientos de cada día.
Era una persona tan abierta, tan extrovertida, que nunca podía disfrutar
solo de todo lo que veía. Esta es una característica importantísima
para comprender su pintura, y como a través del arte hacía participes
a los demás de sus emociones. Incomprendido
por su familia, su vida fue difícil desde sus inicios. Después
de años de estudio por los grandes museos de su tierra, autodidacta, 15
años en París, difíciles primero, cada vez fue más
apreciado en Francia, como también en Cataluña con la que nunca
rompió sus vínculos. Aún recuerdo como en París me
decía que ya tenía ganas de pisar el polvo de nuestra tierra.
Más tarde vinieron años de grandes éxitos, de plenitud y
de reconocimiento de su valor en muy diversas formas : llave de oro de ciudad
Barcelona, hijo predilecto de Sabadell, garbanzo de plata de Madrid y un número
incontable de homenajes, honores y exposiciones en Barcelona, Londres, Madrid
y París. Todos estos hechos
que le halagaban nunca le hicieron cambiar su personalidad: trabajador formidable,
artista constante, hombre que nunca se daba por vencido, fuerte en la adversidad,
amable, alegre, tierno en familia y con una profunda fe cristiana. Fue un gran
artista pero nunca un bohemio. Se levantaba al alba para trabajar en su taller
y así hasta el último día de su vida. Esto era esencial para
él, decía; No tengo derecho a sentarme a la mesa hasta haber acabado
mi tarea.
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