Fundación Durancamps - Casas
Núria Durancamps
Núria colegiada, Barcelona. 1940
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Su obra
Rafael Durancamps
Núria Durancamps
Núria colegial, Barcelona. 1940
65 x 55cm

 

La hija del pintor

Rafael Durancamps, mi padre

Ser hija de un gran artista, de un pintor formidable me ha marcado mucho, me ha permitido disfrutar de una vida llena de maravillosas vivencias….. pero su recuerdo está en mi siempre confundido con el de mi madre, mujer de gran carácter, de una profunda fe y de una gran dulzura y gentileza. Lo compartieron todo a lo largo de sus vidas, ella era el complemento perfecto de mi padre.

Se casaron en 1912, muy jóvenes y enamorados (19 y 21 años) en Sabadell, de donde ambos eran hijos. Mi padre había nacido en el seno de una familia de tradición textil, que siempre desaprobó su vocación por la pintura. ¡Estaba tan mal visto en aquella época!

Pronto tuvieron un hijo pero la ilusión de iniciar una nueva familia se truncó, ya que a los 3 meses el niño murió súbitamente. Fue un golpe muy duro para ellos, pero como siempre pasa cuando el amor es auténtico, la desgracia les unió más y más. Después de 14 años nací yo en un momento no muy propicio ya que iniciaba su dura vida de pintor en París, habiendo roto las cadenas que le ataban a la industria , a la seguridad familiar y del propio país.

Mi padre fue siempre un ser excepcional, lleno de vida , conversador infatigable, propagador convencido de sus principios estéticos - siempre decía que había visto en la pintura una estrella y que la siguió toda la vida, ayudado por el amor y la fe que tenía en él su esposa María, mi madre.

Era tan grande su vocación, tan total su entrega al arte, que esta actitud ocupaba todo su ser. Recuerdo cuando yo era pequeña, disfrutaba enseñándome el mundo, su belleza, las grandes obras de arte en los museos y en los acontecimientos de cada día. Era una persona tan abierta, tan extrovertida, que nunca podía disfrutar solo de todo lo que veía. Esta es una característica importantísima para comprender su pintura, y como a través del arte hacía participes a los demás de sus emociones.

Incomprendido por su familia, su vida fue difícil desde sus inicios. Después de años de estudio por los grandes museos de su tierra, autodidacta, 15 años en París, difíciles primero, cada vez fue más apreciado en Francia, como también en Cataluña con la que nunca rompió sus vínculos. Aún recuerdo como en París me decía que ya tenía ganas de pisar el polvo de nuestra tierra.
Más tarde vinieron años de grandes éxitos, de plenitud y de reconocimiento de su valor en muy diversas formas : llave de oro de ciudad Barcelona, hijo predilecto de Sabadell, garbanzo de plata de Madrid y un número incontable de homenajes, honores y exposiciones en Barcelona, Londres, Madrid y París.

Todos estos hechos que le halagaban nunca le hicieron cambiar su personalidad: trabajador formidable, artista constante, hombre que nunca se daba por vencido, fuerte en la adversidad, amable, alegre, tierno en familia y con una profunda fe cristiana. Fue un gran artista pero nunca un bohemio. Se levantaba al alba para trabajar en su taller y así hasta el último día de su vida. Esto era esencial para él, decía; No tengo derecho a sentarme a la mesa hasta haber acabado mi tarea.




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